El viernes por la tarde, a la misma hora en que Vicente planeaba robar nuestro patrimonio, Valeria y yo estábamos sentadas en el porche de madera de la casa. Estábamos envueltas en una cobija grande, con dos tazas de café de olla humeando entre las manos. Canelo dormía plácidamente a nuestros pies, roncando con la panza llena de comida fina.
—Mamá —dijo Valeria, mirando hacia la inmensa Roca Gris en el prado—. Quise arreglar tu vida a escondidas. Creí que era más lista que nadie, y te quité el derecho a decidir sobre tus tierras. Me duele en el alma haberte hecho pasar por esto.
La abracé fuerte, sintiendo el calor de su cuerpo vivo junto al mío.
—Hiciste una estupidez, mija. Pero también demostraste una valentía que me deja sin palabras —le respondí, dándole un beso en la frente—. Estoy enojada, sí. Pero estoy inmensamente orgullosa de ti. Una cosa no quita la otra.