Le respondí que sí.
Entonces se cubrió el rostro y comenzó a llorar.
—¿Por qué no llegaste antes?
No había defensa posible. Podía culpar a mi madre, a los viajes, a la empresa oa la capacidad de Mariana para esconder el dolor. Pero la verdad era más incómoda: yo había preferido creer la versión que menos alteraba mi vida.
—Porque fui cobarde —admití—. Vi señales y acepté explicaciones fáciles. Cuando te pedí que no hicieras trabajar a mi mamá, sin saberlo te condené. No te voy a exigir que me perdones.
Mariana permaneció en silencio.
—Solo prométeme algo —dijo finalmente—. Nunca vuelvas a decidir por mí creyendo que así me proteges.
Aquella frase cambió mi manera de entender el matrimonio.
Al día siguiente me reuní con una abogada penalista y un notario elegido por Mariana. Cancelamos cualquier copia de poderes anteriores, protegimos sus y presentamos una denuncia por violencia familiar, falsificación de acciones y abuso de confianza.