Contratamos una enfermera, una terapeuta especializada en trauma y una trabajadora del hogar elegida por Mariana. Cambiamos cerraduras, retiramos la recámara de mi madre y transformamos ese espacio en un cuarto luminoso para terapia y lectura.
La recuperación no fue rápida.
Había noches en que Mariana se escondía dentro del armario, tapándose los oídos.
—Ya lavé todo —repetía—. No me echen agua, por favor.
Yo me sentaba a una distancia prudente y le decía:
—Estás en casa. Valentina está segura. Tú decides cuándo puedo acercarme.
A veces tardaba una hora en permitirme abrazarla. Otras veces no quería que la tocara, y aprendí a respetarlo.
También fui a terapia. Descubrí que mi obsesión por ser “el hijo perfecto” había nacido del miedo a parecer ingrato. Había confundido obediencia con amor y provisión económica con responsabilidad emocional.