PARTE 2
Todo había comenzado dos años antes, cuando invitaba a mi madre a vivir con nosotros en Puerta de Hierro. Yo quería agradecerle los sacrificios de mi infancia. Mariana, que perdió a su mamá siendo adolescente, preparó para ella una recámara en la planta baja, compró muebles especiales para su espalda y la recibió llamándola “mamá”.
Al principio, doña Teresa parecía agradecida. Cocinaba, rezaba con Mariana y presumía ante las vecinas que tenía la mejor nuera de Jalisco. Pero cuando supo que Mariana ya no iba diariamente a la empresa, comenzó a decir que el dinero era exclusivamente mío.
Frente a mí, barría y fingia cansancio. Cuando yo salía, obligaba a Mariana a limpiar cuatro pisos, registrar cada gasto del supermercado y pedir permiso hasta para encender el aire acondicionado.
Mariana callaba porque sabía que yo abordaba negociaciones complicadas y tomaba medicamentos para dormir. Cada vez que intentaba contarme algo, mi madre se adelantaba: