Entonces levante el celular y le mostré la grabación.
—Tengo cuarenta y ocho horas de vídeos.
Su llanto se detuvo.
Durante diez años, Mariana y yo habíamos construido una empresa de logística desde un local prestado, sobreviviendo con tortas de frijoles y créditos vencidos. Ella vendió las joyas de su madre para pagar nuestra primera importación. Sin embargo, yo había permitido que doña Teresa la tratara como una mantenida dentro de la casa que Mariana ayudó a comprar.
Creí que lo peor era la violencia que acababa de presenciar.
Hasta que mi madre, acorralada, gritó una frase que reveló que su plan no terminaba en humillar a mi esposa:
—¡Mañana ya no importará lo que digas! Para entonces, Mariana habrá perdido mucho más que esta casa.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…