Dos semanas después noté moretones en las costillas de Mariana y heridas en sus manos. Ella aseguró que se había caído. Sin embargo, cuando miró hacia el pasillo antes de responder, entendió que tenía miedo.
Compré cámaras pequeñas y anunció un viaje falso a Monterrey. En realidad, me hospedé en un hotel a diez minutos de casa.
Durante dos días vi a mi madre comer la carne, la fruta y los suplementos destinados a Mariana, mientras a ella le llevaba arroz frío y verduras pasadas. Vi cómo le quitaba el extractor de leche, la insultaba cuando Valentina lloraba y la obligaba a lavar a mano.
Pero el giro más grave apareció en la cámara del despacho.
Doña Teresa entró con mi hermano Rogelio. Abrieron un cajón, fotografiaron documentos y hablaron de una solicitud preparada por un abogado. Quería presentar a Mariana como una mujer con depresión posparto incapaz de administrar sus bienes. Mi madre había grabado sus crisis, provocadas después de horas de humillaciones, para convencerme de firmar un poder que dejaría las acciones de Mariana bajo control familiar.