Arturo arqueó las cejas.
—¿Tiene experiencia?
Elena casi se rio.
—Ocho años.
—Mi empresa tiene un departamento de comunicación.
Ella se puso seria.
—No quiero un empleo regalado.
Aquella respuesta hizo sonreír a Arturo.
—Perfecto.
Sacó una tarjeta sencilla.
—Entonces no se lo voy a regalar.
La colocó sobre la mesa.
—Cuando terminen las fiestas, llame. Le conseguiré una entrevista. Después tendrá que ganarse el puesto como cualquiera.
Elena observó la tarjeta.
Entonces vio el cargo impreso debajo del nombre.
Sus ojos se abrieron.
—¿Usted es…?
Arturo asintió.
—Sí.
—Pensé que…
—¿Que era un señor raro cenando solo?
Lucía soltó una carcajada.
Elena también.
Por primera vez desde que habían entrado, su risa parecía completamente real.
—Algo así.
Cuando Arturo se levantó para despedirse, Lucía tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá.
—¿Qué?
La niña miró a Arturo.