—Él también está solo.
Elena se quedó inmóvil.
Arturo sintió un nudo en la garganta.
Lucía continuó:
—Puede cenar con nosotras mañana.
—Cariño…
—Dijiste que la Navidad es para compartir.
Arturo miró a Elena.
Ella parecía avergonzada.
Después sonrió.
—Tiene razón.
Arturo no supo qué decir.
Había recibido invitaciones a fiestas enormes, cenas privadas y eventos exclusivos.
Había rechazado todos.
Pero aquella invitación, hecha por una niña de siete años que unas horas antes no tenía dónde dormir, era distinta.
—Me encantaría.
La mañana siguiente, Arturo llegó al hotel con demasiadas bolsas.
Elena abrió la puerta y se quedó mirándolo.
—Dijo que vendría a desayunar.
—Sí.
—Eso parece una mudanza.
Arturo miró las bolsas.
—Creo que perdí la práctica comprando regalos para niños.
Lucía apareció corriendo.
Había comprado una pequeña muñeca, libros, colores y un abrigo nuevo.