Un millonario vio a una madre gastar sus últimas monedas en su hija… y tomó una decisión inesperada

Nada extravagante.

Al menos eso creía él.

También llevaba adornos sencillos y un árbol pequeño que colocaron junto a la ventana.

Desayunaron juntos.

Después comieron tamales y otros platos sencillos que Arturo había conseguido.

Lucía insistió en colocar personalmente cada adorno del árbol.

Uno quedó casi tocando el suelo.

Otro quedó escondido detrás.

Arturo quiso moverlos.

Lucía lo prohibió.

—Así está perfecto.

Y por alguna razón, Arturo estuvo de acuerdo.

Por la tarde jugaron cartas.

Lucía hizo trampa.

Elena fingió no darse cuenta.

Arturo perdió seis partidas consecutivas.

Al anochecer, la niña terminó dormida con la cabeza sobre su hombro.

Arturo dejó de respirar durante unos segundos.

No quería despertarla.

Elena estaba sentada enfrente.

—Gracias —susurró.

—Ya me dio las gracias demasiadas veces.

—No por el hotel.

Arturo la miró.

—Entonces, ¿por qué?

—Por hacer que hoy pareciera Navidad.

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