Podía comprar casi cualquier cosa que quisiera.
El problema era que ya no quería nada.
Su esposa, Verónica, había muerto tres años antes después de una enfermedad breve.
Habían estado casados más de veinte años.
Nunca tuvieron hijos.
Durante mucho tiempo hablaron de adoptar, pero Arturo siempre encontraba una razón para esperar.
Primero había que abrir una nueva oficina.
Después cerrar un acuerdo.
Después viajar.
Después superar otro trimestre difícil.
Siempre había algo más urgente.
Hasta que un día ya no hubo tiempo.
Tras la muerte de Verónica, Arturo se enterró todavía más en el trabajo.
Llegaba temprano.
Se marchaba tarde.
Aceptaba reuniones que no necesitaba aceptar y viajes que otros podían hacer perfectamente.
Todos pensaban que era disciplina.
En realidad, Arturo simplemente no quería regresar a una casa vacía.