Aquella Nochebuena había enviado a descansar a todo el personal de su casa.
Su hermano lo había invitado a pasar la noche con su familia en otra ciudad, pero Arturo rechazó la invitación.
No quería sentarse frente a una mesa llena de padres, hijos y nietos fingiendo que estaba bien.
Así terminó solo en aquella cafetería.
Entonces entraron ellas.
La madre no tendría más de 31 años.
Llevaba un abrigo sencillo, muy usado en los puños, y una bolsa pequeña colgada del hombro.
La niña tendría siete.
Tenía el cabello recogido, un suéter verde y una mochila infantil que parecía demasiado pesada para su tamaño.
Lo primero que Arturo notó no fue su ropa.
Fue la forma en que la mujer miraba a su hija.
Estaba agotada.
Se le notaba en la cara.
Pero cada vez que la pequeña le decía algo, la mujer sonreía como si no existiera nada más importante en el mundo.