—Seguro habrías terminado trabajando hasta medianoche.
—Probablemente.
—Y mamá habría encontrado alguna otra solución.
Elena la miró.
—No sé cuál.
Lucía tomó una mano de su madre y otra de Arturo.
—Pero entramos.
Arturo miró las dos manos que sostenían la suya.
Tantos años buscando éxito.
Tantas horas pensando que la vida consistía en acumular cosas, ganar contratos y ser imprescindible para una empresa.
Al final, lo más importante había comenzado con algo increíblemente pequeño.
Pagar una cena.
Escuchar a alguien.
Aceptar una invitación.
Abrir una puerta que llevaba años cerrada.
Arturo nunca volvió a decir que aquella Nochebuena había salvado a Elena y Lucía.
Porque sabía la verdad.
Aquella noche, tres personas llegaron a una cafetería sintiéndose perdidas de maneras distintas.
Y las tres salieron de allí con algo que no sabían que todavía podían encontrar.