—Perdone que lo moleste.
Arturo se levantó ligeramente.
—No es ninguna molestia.
—Quería darle las gracias en persona.
Su voz temblaba.
—No sabe cuánto significó esa comida para nosotras.
—No fue nada.
Arturo se arrepintió inmediatamente.
Para él quizá no había sido nada.
Para aquella mujer claramente sí.
—Quiero decir… me alegra haber podido ayudar.
Ella sonrió.
—Soy Elena.
Luego señaló a la niña.
—Y ella es Lucía.
—Hola —dijo Lucía.
—Hola, Lucía.
La niña miró la mesa vacía alrededor de Arturo.
Después miró hacia la puerta.
—¿Está solo?
—Lucía —dijo Elena.
—No pasa nada.
Arturo miró a la pequeña.
—Sí. Estoy solo.
Lucía pareció genuinamente preocupada.
—¿No tiene familia?
Elena cerró los ojos durante un segundo.
—Perdone. A veces pregunta todo lo que piensa.
Arturo soltó una pequeña risa.
Hacía días que no se escuchaba reír.