—Tengo familia. Pero esta noche no estoy con ellos.
Lucía aceptó la respuesta, aunque claramente no la entendía.
—En Navidad nadie debería estar solo.
La frase golpeó a Arturo con una fuerza absurda.
Elena tomó la mano de su hija.
—Tenemos que irnos.
Arturo miró la pequeña mochila.
Luego el abrigo gastado.
Después recordó las monedas.
—Elena.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—Perdone la pregunta… ¿tienen dónde pasar la noche?
Elena tardó demasiado en contestar.
—Sí.
Arturo conocía aquella pausa.
Había pasado treinta años negociando con personas.
Sabía cuándo alguien estaba buscando desesperadamente una respuesta que sonara convincente.
—No quiero incomodarla.
—Estamos bien.
—Eso tampoco parece cierto.
Elena bajó la cabeza.
Lucía se acercó más a su madre.
Arturo suavizó la voz.
—No necesito saber nada que usted no quiera contarme. Pero si existe algún problema y puedo ayudar, me gustaría hacerlo.