Alejandro miró la casa deteriorada.
—¿Por eso viven aquí?
Lucía explicó que había trabajado durante años como maestra, pero dejó su empleo para cuidar al niño después de la segunda cirugía. Vendió el pequeño apartamento que había comprado con el dinero del divorcio y utilizó casi todo para pagar tratamientos, medicamentos y traslados.
La casa pertenecía a una tía fallecida. No era cómoda, pero les permitía vivir sin pagar alquiler.
—Pudiste buscarme cuando necesitabas dinero —dijo Alejandro.
—No necesitaba tu dinero. Mateo necesitaba un padre.
Aquella frase lo dejó sin defensa.
Había llegado pensando que podría resolver cualquier problema con una transferencia bancaria. Estaba acostumbrado a que el dinero abriera puertas, silenciara conflictos y reparara errores. Pero frente a Lucía comprendió que existían pérdidas que ninguna fortuna podía recuperar.
No podía comprar los primeros pasos de su hijo, su primer día de escuela ni las noches en las que había preguntado por qué todos los demás niños tenían un padre.