Mateo no corrió a abrazarlo. Tampoco sonrió. Solo lo miró con la precaución de quien ha esperado demasiado tiempo por una respuesta.
—¿Por qué nunca viniste?
Alejandro sintió una vergüenza que ningún fracaso empresarial le había provocado.
—Porque no sabía que existías.
—Creo que sí —respondió con la voz quebrada.
Mateo no corrió a abrazarlo. Tampoco sonrió. Solo lo miró con la precaución de quien ha esperado demasiado tiempo por una respuesta.
—¿Por qué nunca viniste?
Alejandro sintió una vergüenza que ningún fracaso empresarial le había provocado.
—Porque no sabía que existías.
—Mamá decía que algún día conocerías la verdad.
El niño regresó al interior de la casa. Alejandro se levantó y observó nuevamente el tanque de oxígeno y los medicamentos.
—¿Está enfermo?
Lucía respiró profundamente.
Mateo había nacido con una cardiopatía congénita. Había pasado por dos operaciones y necesitaba una tercera intervención. Su condición le impedía realizar esfuerzos intensos y requería atención constante.