Alejandro no sabía cómo hacerlo.
Se sentó en el suelo, buscó un tutorial en su teléfono y pasó casi dos horas intentándolo. Cuando finalmente consiguió colocar la cadena, Mateo sonrió.
—Mamá dijo que tú pagas a otras personas para arreglarlo todo.
—Tu mamá tiene razón.
—Entonces, ¿por qué arreglaste esto tú?
Alejandro lo miró.
—Porque debía aprender a hacer algo por ti con mis propias manos.
Poco a poco, Mateo comenzó a confiar en él. Le permitió acompañarlo a las consultas y sentarse a su lado durante los análisis. Alejandro aprendió a identificar sus medicamentos, a contar sus respiraciones y a reconocer cuándo estaba cansado.
También comenzó a entender la vida que Lucía había llevado.
Ella no vivía en aquella casa porque fuera incapaz de salir adelante. Vivía allí porque había dedicado todos sus recursos, su tiempo y su fuerza a proteger al hijo que ambos habían tenido.