Un día, mientras plantaban un árbol, Mateo le preguntó si volvería a marcharse.
Alejandro dejó la pala y se agachó frente a él.
—No puedo cambiar los años en los que no estuve. Pero sí puedo decidir dónde estaré a partir de ahora.
—¿Y dónde vas a estar?
—Aquí, siempre que me permitas quedarme.
Mateo lo abrazó por primera vez.
Lucía observó la escena desde la puerta. No sabía si algún día podría perdonar completamente a Alejandro. Sin embargo, veía que ya no era el hombre que intentaba resolverlo todo desde una oficina.
Había llegado a aquella casa impresionado por la pobreza en la que aparentemente vivía su exesposa. Creía que descubriría una historia de fracaso, malas decisiones o resentimiento.
En cambio, encontró una historia de sacrificio.
Lucía había renunciado a comodidades, trabajo y seguridad para cuidar a su hijo. Él, a pesar de poseer millones, había vivido sin conocer una parte fundamental de sí mismo.