Alejandro comprendió que la riqueza no estaba en las propiedades que aparecían registradas a su nombre. Estaba en las noches que Lucía pasó despierta, en los dibujos de Mateo pegados a las paredes y en aquella vieja bicicleta cuya cadena habían reparado juntos.
Nueve años antes, Alejandro creyó que Lucía se marchaba porque no comprendía su ambición. La verdad era mucho más dolorosa: se había marchado porque él dejó de escucharla.
Aquel reencuentro no convirtió inmediatamente a los tres en una familia perfecta. Hubo discusiones, terapia, preguntas difíciles y momentos de desconfianza. Pero también hubo algo que durante años había faltado: tiempo.
Alejandro dejó de prometer que estaría presente en el futuro.
Comenzó a estar presente ese mismo día.