Por eso estaba allí, frente a una vivienda que parecía estar a punto de derrumbarse.
Bajó del automóvil y caminó hacia la entrada. Llevaba un traje oscuro y zapatos costosos que se cubrieron de polvo después de los primeros pasos. Cerca de la puerta había juguetes viejos, una pequeña bicicleta y varias macetas construidas con latas recicladas.
Antes de tocar, escuchó la risa de un niño.
La puerta se abrió y apareció un pequeño de aproximadamente ocho años. Tenía el cabello oscuro, ojos grandes y una expresión seria que a Alejandro le resultó extrañamente familiar.
—¿A quién busca? —preguntó el niño.
Alejandro tardó en responder.
—Busco a Lucía Ferrer.
—Mi mamá está en el patio.
La palabra “mamá” cayó sobre él como una piedra.
Durante nueve años jamás había escuchado que Lucía tuviera un hijo. Pensó que quizá se había casado nuevamente. Sintió una mezcla de curiosidad y celos que no tenía derecho a experimentar.