Pero una noche, mientras cenábamos, Tango se levantó de golpe.
Fue un movimiento torpe, pesado, casi desesperado.
Caminó hacia Hugo y empezó a empujarle la mano con el hocico.
Hugo intentó acariciarlo.
—Estoy bien, viejo —le dijo.
Pero Tango no se calmaba.
Nos miraba a nosotros.
Luego miraba a Hugo.
Y volvía a empujarle la mano.
Entonces mi esposo notó algo.
Hugo estaba muy pálido.
Demasiado.
—Hijo, ¿te encuentras bien?
Hugo quiso responder.
Pero antes de hacerlo, cerró los ojos.
Y se desplomó.
Nunca olvidaré ese sonido.
La silla cayendo hacia atrás.
Mi grito.
Las uñas de Tango resbalando en el suelo mientras intentaba acercarse.
Miguel estaba aquella tarde en casa.
Había venido a terminar de barnizar una parte de la valla.
Fue él quien reaccionó primero.
Corrió hacia Hugo.
Le habló.
Le sostuvo la cabeza.
Mi esposo llamó a emergencias con las manos temblando.