Yo apenas podía respirar.
Tango se quedó pegado al cuerpo de Hugo.
No ladraba.
No gruñía.
Solo lloraba.
Un sonido bajo, roto, casi humano.
Cuando llegaron los sanitarios, Tango no quería apartarse.
Miguel tuvo que abrazarlo con fuerza.
—Déjalos ayudarlo, Tango —le susurraba—. Déjalos ayudarlo.
Y por primera vez vi a Miguel cuidando no solo de Hugo, sino también de nuestro perro.
Como si ambos fueran parte de la misma herida.
En el hospital nos dijeron que Hugo estaba fuera de peligro.
Había tenido un episodio fuerte de agotamiento, ansiedad acumulada y una bajada importante de tensión.
Nada irreversible.
Pero tampoco era algo que pudiéramos ignorar.
El médico fue claro.
Hugo había mejorado mucho desde lo ocurrido con Miguel.
Pero el cuerpo a veces tarda más que el corazón en sentirse seguro.
Aquello me rompió por dentro.