Un niño roto, un padre tatuado y el perro viejo que les enseñó a pedir perdón

Porque yo creía que, al ver a Hugo sonreír, todo estaba solucionado.

No lo estaba.

Había heridas que no se veían.

Heridas que no sangran.

Heridas que se esconden detrás de un “estoy bien”.

Miguel escuchó todo desde una silla del pasillo.

Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Roberto llegó poco después.

Venía con la cara desencajada.

Al ver a su hijo en aquel estado, se quedó quieto.

No dijo nada.

Solo se sentó a su lado.

Durante mucho tiempo ninguno de los dos habló.

Después Miguel murmuró:

—Esto también es culpa mía.

Roberto cerró los ojos.

—No.

—Sí lo es.

—Miguel, hiciste daño. Mucho daño. Pero ahora estás intentando reparar. No puedes quedarte viviendo solo en la culpa.

Miguel lo miró.

—¿Y si nunca es suficiente?

Roberto tardó en responder.

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