Un niño roto, un padre tatuado y el perro viejo que les enseñó a pedir perdón

Luego le puso una mano en el hombro.

—Entonces seguirás haciendo el bien igualmente. No para borrar el pasado. Sino para no repetirlo.

Aquellas palabras se quedaron grabadas en mí.

Porque eran sencillas.

Pero verdaderas.

Hugo pasó la noche en observación.

A la mañana siguiente ya estaba mejor.

Cuando Miguel entró en la habitación, lo hizo despacio, como si no tuviera derecho a estar allí.

Hugo lo miró desde la cama.

Estaba cansado.

Ojeroso.

Pero consciente.

Miguel tragó saliva.

—Lo siento.

Hugo suspiró.

—Ya me lo has dicho muchas veces.

—Lo sé.

—Entonces ven aquí y deja de poner esa cara.

Miguel se acercó.

Se sentó en la silla junto a la cama.

Y durante unos segundos ninguno supo qué decir.

Luego Hugo preguntó:

—¿Tango está bien?

Miguel soltó una pequeña risa nerviosa.

—Está insoportable. No quiere comer. Está esperando que vuelvas.

Hugo sonrió.

Una sonrisa débil.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *