Un niño roto, un padre tatuado y el perro viejo que les enseñó a pedir perdón

Seguía allí.

Limpia.

Firme.

Con su nombre en la entrada.

Miguel se quedó a su lado.

—No deberíamos dejarla vacía para siempre —dijo Hugo.

Miguel lo miró.

—¿Estás pensando en adoptar?

Hugo no respondió enseguida.

Miró hacia la casa.

Luego hacia nosotros.

—No para reemplazarlo.

—Nadie podría reemplazarlo —dijo Miguel.

—Lo sé. Pero quizá Tango no nos enseñó todo esto para que cerráramos la puerta después de él.

Aquellas palabras me hicieron llorar.

Porque eran de Hugo.

Pero sonaban a Tango.

Dos meses más tarde llegó a casa una perra mayor.

No era bonita en el sentido que mucha gente entiende.

Tenía el hocico blanco, una oreja caída y una mirada desconfiada.

Había pasado demasiado tiempo esperando en el refugio.

Nadie preguntaba por ella.

Los cachorros llamaban más la atención.

Los perros jóvenes parecían más fáciles.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *