Pero Hugo se acercó a su jaula y ella apoyó la cabeza contra los barrotes.
Miguel sonrió.
—Tiene cara de jefa.
La llamamos Bruma.
La primera noche durmió junto a la caseta de Tango.
No dentro.
Junto a ella.
Como si pidiera permiso.
Hugo salió al jardín con una manta.
Miguel lo acompañó.
Se sentaron cerca, sin tocarla.
Esperando.
Aprendiendo otra vez la paciencia.
Después de un rato, Bruma se levantó.
Caminó despacio hacia ellos.
Olfateó la mano de Hugo.
Luego la de Miguel.
Y finalmente se tumbó entre los dos.
No fue un final espectacular.
No hubo grandes discursos.
Solo una perra vieja confiando un poco.
Dos chicos entendiendo el valor de esa confianza.
Y una familia mirando desde la puerta con el corazón lleno.
Hoy Hugo y Miguel tienen quince años.
Siguen siendo amigos.
No perfectos.
Porque nadie lo es.
A veces discuten.
A veces se equivocan.