Un niño roto, un padre tatuado y el perro viejo que les enseñó a pedir perdón

Tango estaba tumbado junto a ellos.

Con la cabeza apoyada sobre una de las piernas del muchacho.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Miguel tardó varios segundos en responder.

Luego levantó la mirada.

Sus ojos estaban completamente rojos.

—No sé cómo dejar de sentirme enfadado.

Aquellas palabras me sorprendieron.

Porque no sonaban a un chico problemático.

Sonaban a alguien agotado.

—¿Enfadado con quién? —preguntó Hugo suavemente.

Miguel soltó una risa amarga.

—Con todo el mundo.

Volvió a bajar la cabeza.

Y entonces empezó a hablar.

Nos contó cosas que nadie conocía.

Ni siquiera Roberto.

Cuando Miguel tenía ocho años, su madre enfermó gravemente.

Durante casi dos años pasó más tiempo en hospitales que en casa.

Él recordaba habitaciones blancas.

Silencios.

Adultos que siempre parecían preocupados.

Y una sensación constante de miedo.

Después ella mejoró.

Pero algo dentro de él nunca volvió a ser igual.

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