Se acostumbró a pensar que cualquier persona importante podía desaparecer en cualquier momento.
Y cuando sentía miedo…
Lo convertía en rabia.
Porque la rabia parecía más fácil de soportar.
Más fuerte.
Más segura.
Roberto le había enseñado a ser duro.
Pero nunca le había enseñado qué hacer con el dolor.
Y Miguel había terminado descargándolo contra personas inocentes.
Contra Hugo.
Contra Tango.
Contra cualquiera que pareciera más vulnerable que él.
Cuando terminó de hablar, nadie dijo nada.
Solo se escuchaba el viento moviendo las hojas del jardín.
Y la respiración tranquila de Tango.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Hugo se sentó a su lado.
Simplemente eso.
No hizo ningún discurso.
No intentó dar consejos.
Solo se sentó.
Después le pasó un brazo por los hombros.
Y permanecieron así durante varios minutos.
Dos chicos de trece años.