Uno aprendiendo a pedir perdón.
El otro aprendiendo a perdonar de verdad.
Aquella noche Roberto vino a recoger a su hijo.
Miguel le contó todo.
Lo vimos desde la ventana.
El hombre enorme escuchó en silencio.
Sin interrumpir.
Sin corregir.
Sin dar órdenes.
Y cuando Miguel terminó, Roberto hizo algo que jamás le habíamos visto hacer.
Lo abrazó.
Con fuerza.
Durante mucho tiempo.
Cuando regresó hacia su coche, vi que tenía los ojos húmedos.
A veces los adultos también aprendemos tarde.
El invierno llegó poco después.
Y con él llegaron los problemas de Tango.
Su cojera empeoró.
Mucho.
Al principio intentamos convencernos de que era algo pasajero.
Pero sabíamos que no era verdad.
Tango ya era muy mayor.
Las mañanas frías le costaban cada vez más.
Subir las escaleras se convirtió en una tarea difícil.
Levantarse después de dormir requería varios intentos.