Entré por la puerta trasera sin hacer ruido. La casa estaba quieta. Subí descalzo, revisé pasillo, sala, recámaras. Nada. Me sentí ridículo. Hasta que se me ocurrió esconderme debajo de mi propia camaPasaron veinte minutos. Luego escuché la puerta abrirse.
Pasos ligeros subieron la escalera. Alguien entró a mi recámara. El colchón se hundió.
Primero fue un sollozo ahogado. Luego otro. Después una voz rota dijo:
—Por favor… ya basta.
Era Lucía.
Mi hija, que debía estar en la prepa, estaba sentada sobre mi cama llorando como si el mundo la estuviera aplastando. Desde abajo solo vi sus tenis blancos y sus calcetas del uniforme. La escuché repetir entre lágrimas:
—No voy a perder… no voy a dejar que me destruyan.
Luego se quebró por completo.
Y yo, escondido bajo la cama, entendí que no estaba descubriendo un berrinche de adolescente, sino una pesadilla que había estado ocurriendo frente a mí sin que yo la viera.