No podía creer lo que estaba a punto de salir de la boca de mi propia hija…
Cuando Lucía bajó a la sala, la seguí a distancia. Se sentó en el sillón abrazándose las rodillas, con los ojos rojos y la cara sin color. Se miró en el espejo del pasillo como si buscara a la niña que había sido antes.
—Ya no puedo —susurró.
Entonces salí.
—Lucía.
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Ella brincó como si la hubiera atrapado robando.
—Papá…
No le grité. No podía. Tenía la garganta cerrada.
—¿Por qué no estás en la escuela?
Sus labios temblaron.
—Sí fui… pero me salí.
—¿Desde cuándo haces eso?
No contestó.
Me senté frente a ella, dejando espacio entre los dos.
—La vecina escuchó tus gritos. Yo también. Ya no me digas que todo está normal.