La joven cerró los ojos durante un segundo.
—No, Sofía. Voy a resolverlo.
Pero su voz se quebró.
Alejandro sintió algo extraño en el pecho.
Había entrado al supermercado únicamente para comprar una cena congelada y una botella de whisky. Era miércoles, pasadas las nueve de la noche, y aquella compra era prácticamente parte de su rutina.
Durante los últimos dieciocho meses había hecho casi lo mismo todas las noches.
Trabajar hasta tarde.
Comprar cualquier cosa que pudiera calentarse rápido.
Llegar a una casa demasiado grande.
Comer solo.
Dormir poco.
Y volver a empezar.
A sus cuarenta y cuatro años, Alejandro era director financiero de una gran empresa manufacturera. Vestía un traje oscuro incluso a esas horas y llevaba un reloj que costaba más de lo que muchas familias podían ahorrar en años.
Había conseguido casi todo aquello que de joven pensaba que significaba tener éxito.