Ella tomó las bolsas.
—No sé cómo agradecerle esto.
—No tiene que hacerlo.
—Para usted quizá sea una compra. Para mí…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Alejandro entendió.
No porque hubiera pasado hambre.
Nunca la había pasado.
Pero conocía la sensación de llegar al límite y no saber qué hacer al día siguiente.
Era un tipo distinto de desesperación, pero reconoció la mirada.
Salieron juntos.
Mariana caminó hacia la parada del autobús con Valentina en brazos, Sofía pegada a su costado y varias bolsas colgando de las manos.
Alejandro la observó unos segundos.
—¿Va a tomar el autobús?
—Sí.
—¿Con las niñas y todo eso?
—Solo son unas cuantas paradas.
Alejandro señaló el estacionamiento.
—Puedo llevarlas.
Mariana soltó una pequeña risa nerviosa.
—Ya acepté suficiente ayuda por una noche.
—Tiene un bebé, una niña pequeña y cinco bolsas.