Nada innecesario.
Nada que pareciera un capricho.
—Ponga también lo demás —dijo él.
La joven negó otra vez.
—No puedo.
La cajera, que había permanecido en silencio, la miró con suavidad.
—Déjelo ayudarla.
Aquellas palabras parecieron acabar con la poca resistencia que le quedaba.
La mujer se quedó quieta.
Alejandro pagó todo junto con su cena congelada.
Mientras guardaban las compras, Sofía se acercó a él y tocó la manga de su saco.
—¿Tú ayudas a la gente?
Alejandro se agachó para quedar a su altura.
La pregunta lo tomó desprevenido.
—Estoy intentando aprender.
—Yo soy Sofía.
Señaló a su madre.
—Ella es mi mamá, Mariana.
Después señaló al bebé.
—Y ella es Valentina. Llora mucho porque siempre tiene hambre.
—Sofía —dijo Mariana, avergonzada—, deja tranquilo al señor.
—No me molesta.
Alejandro se levantó.
—Mucho gusto, Mariana. Soy Alejandro.