Me tendió la caja.
“Le prometí que la ayudaría. No le prometí que la dejara ocultarlo para siempre”.
“Lo de la pierna rota era verdad”.
Levanté la tapa.
Dentro había una pila de fichas amarillentas atadas con una cinta azul descolorida.
En la primera ponía “PASTEL DE LIMÓN DE LA ABUELA”.
Reconocí la letra irregular, la mancha de harina en la esquina y la media cucharadita de sal tachada y sustituida por una cucharadita entera.
Levanté la tapa.
“¿De dónde las has sacado?”, le pregunté.
“Elora me dio la caja antes de mudarse y me pidió que la guardara hasta que estuviera lista. Me pidió tres veces que se la trajera. Cada vez, se pasaba un rato revisándola y luego me pedía que me la llevara de vuelta. No se atrevía a dejarla donde tú la pudieras encontrar”.