Cuando Alejandro despertó, Carmen estaba colocando una manta sobre los niños.
—No quiero perder esto otra vez —murmuró él.
Ella lo miró en silencio.
—Entonces no intentes recuperar el pasado —respondió—. Quédate en el presente.
Alejandro asintió.
Meses atrás había querido que Carmen asistiera a su boda para contemplar todo lo que él había ganado sin ella.
Ahora, sentado en una sala pequeña de Zapopan, con 3 niños dormidos alrededor y una mujer a la que todavía estaba aprendiendo a mirar sin orgullo ni resentimiento, comprendió la ironía.
La torre, las acciones, los autos y las portadas nunca habían sido la prueba de que había ganado.
Su verdadera oportunidad estaba allí: llegar a tiempo, cumplir una promesa, escuchar una historia repetida 4 veces, aceptar que amar también significaba renunciar al control.
Carmen apagó una lámpara y antes de subir con los niños se volvió hacia él.