A las 8:00 llamó a Valeria.
No podía llegar a la hacienda, sonreír frente a las cámaras y prometer una vida que ya no reconocía como propia.
Se encontraron esa misma mañana en el departamento que compartían algunos días. Alejandro le contó todo: la invitación a Carmen, la intención mezquina detrás de ella y la existencia de 3 hijos de 5 años.
Valeria lo escuchó en silencio.
—Entonces nuestra boda también era parte de la demostración —dijo al final.
Alejandro no encontró una respuesta que no sonara peor.
Cancelaron la boda.
No hubo gritos ni escenas. Solo una verdad incómoda: se habían querido a su manera, pero gran parte de su relación funcionaba porque ambos encajaban en la imagen pública que necesitaban. Valeria merecía algo distinto y Alejandro también.
Al día siguiente llegó 20 minutos antes al Parque Metropolitano de Guadalajara.