Vestía jeans, una camisa sencilla y tenis. Había dado presentaciones ante miles de personas sin sentir el miedo que le producía aquel banco de madera.
Entonces vio a Carmen.
Caminaba por el sendero con 3 niños.
Alejandro se quedó inmóvil.
El parecido no era una sospecha. Era una evidencia brutal. Los 3 tenían su cabello oscuro, sus cejas marcadas y aquella manera de fruncir el entrecejo cuando observaban algo con atención.
Carmen se detuvo frente a él.
—Ellos son Mateo, Diego y Emiliano.
Alejandro se agachó para quedar a su altura.
Mateo, serio y observador, extendió la mano.
—Mamá dice que trabajas con computadoras.
—Es verdad.
Diego dio un paso adelante.
—¿Tienes robots?
Alejandro soltó una risa nerviosa.
—Algunos.
Emiliano no preguntó nada. Permaneció cerca de Carmen, mirando a Alejandro con cautela.
Durante varios minutos caminaron alrededor del lago. Alejandro respondió preguntas sobre tecnología, edificios y viajes. Evitó promesas exageradas. No sabía todavía cómo ser padre y no quería actuar como si pudiera recuperar 5 años en una tarde.