Fue Mateo quien hizo la pregunta inevitable.
—¿Por qué no estabas antes?
Alejandro miró a Carmen. Ella no intervino.
—Porque no sabía que ustedes existían —respondió—. Su mamá intentó decírmelo, pero una persona impidió que sus mensajes llegaran a mí.
—¿Y ahora ya sabes? —preguntó Diego.
—Ahora sí.
Emiliano levantó la vista.
—Entonces, ¿te vas a quedar?
Aquella pregunta desarmó a Alejandro más que la carpeta de Sofía.
Se agachó otra vez.
—Si ustedes me dejan conocerlos, voy a estar aquí.
No dijo “siempre”. La palabra le parecía demasiado grande para pronunciarla en el primer encuentro. Prefería demostrarla.
Emiliano estiró la mano.
Alejandro la tomó.
Horas después, cuando regresó solo a su departamento, comprendió que ningún premio empresarial le había producido una emoción comparable a sentir aquellos dedos pequeños confiando en él.
Los días siguientes fueron incómodos, hermosos y agotadores. Alejandro aprendió que Mateo odiaba la impuntualidad, Diego convertía cualquier habitación en una expedición y Emiliano adoraba el piano. También descubrió cuánto había cargado Carmen mientras terminaba su especialidad con ayuda de su madre, Leonor.