Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Mi primo Alejandro, hijo de Ernesto, intervino.

—Valeria está casada legalmente con Mauricio. Un embarazo durante el matrimonio tiene una presunción jurídica de filiación mientras no exista una resolución que diga lo contrario.

Renata avanzó hacia mí, furiosa.

Uno de mis guardaespaldas la detuvo.

En ese momento Octavio se llevó una mano a la cabeza y cayó al suelo.

Fue trasladado al hospital con un accidente cerebrovascular.

Yo fui quien llamó a la ambulancia.

Todavía no había terminado con él.

Antes de abandonar el funeral, miré a mi tío.

—Ah, por cierto. Como heredera de las participaciones de Mauricio, voy a retirar el financiamiento de la nueva planta Alcántara.

Su rostro cambió.

—¿Qué dijiste?

—Que se acabó.

—¡Has perdido la cabeza! ¡Hay préstamos bancarios garantizados con acciones de Laboratorios Salgado!

—Lo sé.

Precisamente por eso lo estaba haciendo.

Si él no podía pagar, el banco ejecutaría las garantías.

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