Y yo estaría allí para recomprar las acciones de mis padres.
Mi abogada sacó entonces una carpeta.
—Hay otra cuestión.
Renata miró el documento.
—¿Qué es eso?
—El testamento de Mauricio Alcántara.
Seis meses antes de morir, Mauricio había firmado y formalizado un testamento.
En él establecía que casi todo su patrimonio sería para el hijo que naciera dentro de su matrimonio.
Renata abrió la boca.
—¡Eso no puede ser!
Mi abogada continuó.
—El documento está protocolizado y existe registro audiovisual del acto.
Me acaricié lentamente el vientre.
Mateo dejó de ser, en cuestión de segundos, el heredero que Renata imaginaba.
Pero ella todavía ignoraba lo peor.
Porque Mauricio había redactado aquel testamento convencido de una sola cosa:
que yo jamás podría darle un hijo.
Y nadie, ni él, ni Renata, ni mis suegros, sabía todavía cómo había conseguido quedar embarazada.