Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Cuando finalmente lo supieran, ya sería demasiado tarde para todos.

PARTE 3

La primera reunión formal por la herencia se celebró en la habitación privada de Octavio.

Mi suegro seguía hospitalizado.

Tenía dificultad para mover un lado del cuerpo, pero su orgullo continuaba intacto.

Había exigido tener a sus propios abogados presentes.

Yo llevé a los míos.

También pedí que una enfermera permaneciera cerca.

Después de todo, no quería que el señor volviera a desplomarse antes de escuchar las mejores noticias.

Sobre la mesa comenzaron a acumularse documentos.

Acciones.

Propiedades.

Fondos.

Inversiones.

Participaciones empresariales.

Octavio había pasado toda su vida presumiendo que los Alcántara eran una familia poderosa.

Pero al escuchar la cantidad exacta de bienes que Mauricio había dejado, incluso él pareció sorprendido.

Yo no.

Llevaba meses investigándolo.

—¿Dónde están Renata y Mateo? —pregunté.

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