Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Octavio apretó la mandíbula.

—Yo representaré los intereses de mi nieto.

—¿Su nieto?

Me acomodé en la silla.—Qué bonito escuchar que ya lo reconoce públicamente.

Mi abogada colocó el testamento frente a él.

—Antes de hablar de cualquier reparto, debe considerar este documento.

Octavio comenzó a leer.

A medida que avanzaba, respiraba con mayor dificultad.

—¿Cuándo hizo esto Mauricio?

—Seis meses antes de morir —respondí.

—¿Por qué un hombre de su edad haría un testamento?

Me eché hacia atrás.

—Porque su amante intentó matarme.

Doña Elena, que acababa de entrar, se detuvo en seco.

—¿Qué?

—Hace seis meses Renata vino a buscarme. Ya estaba cansada de ser la amante escondida. Quería convertirse oficialmente en la señora Alcántara.

Recordé aquel día con claridad.

Había sido durante el cumpleaños de Elena.

Yo había descubierto por casualidad un cuarto infantil completamente equipado dentro de la casa de mis suegros.

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