Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Ropa.

Juguetes.

Fotografías.

Una bicicleta pequeña.

Fue así como supe que existía Mateo.

Poco después Renata apareció personalmente.

No venía a disculparse.

Venía a presumir.

—Mauricio me ama —me había dicho—. Mateo es su verdadero futuro. Tú solo estorbas.

Terminamos discutiendo cerca de la salida de un estacionamiento.

Renata me empujó.

Caí mal y me fracturé una pierna.

No quise denunciarla.

No porque fuera débil.

Porque en ese momento comprendí que denunciarla sería desperdiciar una oportunidad.

Mauricio llegó al hospital desesperado.

No por mí.

Por ella.

—Renata tiene un hijo pequeño —me dijo—. Si presentas cargos, puedes arruinarle la vida.

Lo miré durante varios segundos.

Ese día murió lo poco que quedaba de mi matrimonio.

—De acuerdo —respondí—. No la denunciaré.

Pero puse condiciones.

La residencia de Bosques debía transferirse legalmente a mi nombre.

Y Mauricio tenía que firmar un testamento que protegiera a cualquier hijo nacido dentro de nuestro matrimonio.

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