Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Él aceptó.

¿Por qué?

Porque estaba completamente seguro de que eso jamás ocurriría.

Desde hacía años yo no lograba embarazarme.

Me había hecho estudios.

Según mis médicos, yo no tenía ningún problema.

Mauricio siempre aparecía con análisis que supuestamente demostraban que él tampoco.

Pero ahora entendía la verdad.

Después del nacimiento de Mateo había tomado medidas para no volver a tener hijos.

Él sabía que yo no quedaría embarazada de él.

Así que firmó aquel testamento sin miedo.

Además planeaba divorciarse de mí antes de que pudiera ocurrir nada.

Una vez terminado el divorcio, legitimaría públicamente a Renata y construiría su nueva familia.

Todo parecía perfecto.

Excepto por una cosa.

Yo dejé de ser la esposa ingenua antes de que él se diera cuenta.

Tres meses antes de su muerte acudí a una clínica de reproducción asistida.

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