Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

Durante los meses siguientes comenzó una guerra legal.

Renata exigió derechos para Mateo.

Nosotros solicitamos revisar las transferencias que Mauricio le había realizado durante años.

Departamentos.

Vehículos.

Joyería.

Pagos.

Cuentas.

Viajes.

Mi abogado rastreó todo lo que pudo.

Yo le prometí un porcentaje de cualquier recuperación y nunca había visto a un profesional trabajar con tanto entusiasmo.

Mientras tanto, llegó el golpe que realmente me importaba.

La planta farmacéutica de los Alcántara se detuvo.

Sin el capital que Mauricio había comprometido y sin mi autorización para continuar utilizando activos vinculados a mis acciones, el proyecto comenzó a hundirse.

Mi tío Ernesto tenía préstamos enormes.

No pudo cubrirlos.

El banco inició procedimientos sobre las garantías.

Parte de sus acciones en Laboratorios Salgado terminó en venta.

Yo las compré.

No todas.

Pero sí las suficientes para recuperar control real sobre la empresa que mis padres habían fundado.

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