Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

—La empresa Alcántara ya fue vendida —continué—. No valía tanto como usted imaginaba.

Sus dedos temblaron.

—Laboratorios Salgado, en cambio, sigue funcionando. Recuperé buena parte de las acciones. Volvieron varios de los directivos que trabajaban con mis padres.

Respiré hondo.

Ya no disfrutaba provocándolo como antes.

Tal vez porque ahora tenía algo más importante.

Miré a mi hija.

—¿Sabe qué fue lo más absurdo de todo?

Octavio me observó.

—Mauricio creía que estaba ganando.

Creía que me había quitado mi empresa.

Que había asegurado una familia con Renata.

Que podía divorciarse de mí después de vaciar mis acciones.

Que Mateo heredaría todo.

Y terminó preparando, sin saberlo, el camino para que yo recuperara lo que era mío.

Hice una pausa.

—Qué ironía.

Octavio quiso decir algo.

No pudo.

Antes de irme, me volví.

—Ah, Renata tampoco vendrá.

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