La llamé Lucía.
Era pequeña, sana y tenía unos ojos enormes que parecían observarlo todo.
Por primera vez en mucho tiempo, algo en mi vida no estaba relacionado con venganzas, herencias ni demandas.
Cuando Lucía apretó mi dedo con su mano diminuta, lloré.
No por Mauricio.
No por mis suegros.
Ni siquiera por mis padres.
Lloré porque entendí que podía construir algo diferente.
Aun así, quedaba una visita pendiente.
Llevé a Lucía al hospital.
Octavio seguía internado en rehabilitación.
Su recuperación había sido mucho peor de lo esperado.
Tenía dificultades para hablar y dependía de otras personas para casi todo.
Doña Elena apenas lo visitaba.
Renata tampoco.
Entré con Lucía en brazos.
Octavio me reconoció de inmediato.
Sus ojos se abrieron.
—Mire, don Octavio.
Me acerqué.
—Ella es Lucía.
El hombre comenzó a emitir sonidos que apenas se entendían.