Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

La amante acababa de perder su escondite.

Y mi suegro todavía no sabía que la fábrica que inauguraría al día siguiente dependía de acciones que ahora estaban pasando a mis manos.

Pero ninguno de ellos imaginaba todavía qué había dentro de mi vientre.

Y mucho menos quién había preparado todo para que aquella familia se desmoronara de una sola vez.

No podían imaginar lo que estaba a punto de suceder…

PARTE 2

Renata pasó casi cuatro horas buscando el oro.

Revisó hasta lugares absurdos mientras mi suegro fingía que no sabía qué estaba ocurriendo.

Al final, agotada, recogió algunas maletas.

Antes de irse se acercó a mí.

—No te emociones demasiado. Mi hijo también es heredero de Mauricio.

Mi abogada levantó una ceja.

—Para reclamar derechos sucesorios habrá que revisar documentos, reconocimiento de paternidad y, si fuera necesario, pruebas biológicas.

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