Renata soltó una risa.
—Eso ya está hecho. Mauricio reconoció a Mateo desde que nació.
Después se marchó convencida de que había ganado.
Yo reservé una habitación de hotel.
No quería dormir en la casa donde había encontrado muerto a mi esposo.
Al despertar tenía más de noventa llamadas perdidas.
Todas eran de mi tío, Ernesto Salgado.
Mi queridísimo tío.
El hombre que, después de la muerte de mis padres en un accidente automovilístico, había tomado el control de Laboratorios Salgado, la empresa familiar.
—Tú descansa —me había dicho entonces—. Para trabajar estamos nosotros. Tú forma una familia.
Yo tenía veintiséis años, estaba destruida por la muerte de mis padres y confiaba en él.
También confiaba en Mauricio.
Qué conveniente había sido para todos mantenerme lejos de la empresa.
Años después descubrí que Mauricio había utilizado mis acciones como garantía para financiar el nuevo proyecto farmacéutico de los Alcántara.